No saber y no ganar

By | Julio 26, 2017



Mariano Rajoy ha aparecido esta mañana en la sala del juicio Gürtel como uno de esos personajes joviales y atolondrados de Woodehouse que entran en el primer acto, se quedan mirando a todo el mundo y dicen: “¿A alguien le apetece una partidita de tenis?”. Decir que apareció no es una forma de hablar, es que nadie le vio llegar al edificio —entró por el garaje— y se personificó en una transmisión en directo. Le sentaron de cara a la sala, no al tribunal, entre unos y otros, de modo que, efectivamente, pasó la mañana mirando a izquierda y derecha, como en un partido de tenis. Esto le dio un aire de cierto despiste que le distrajo y le vino muy bien, porque el resto de acusados y testigos tienen delante al tribunal como si fuera el juicio final, se ven rodeados. Inmersos en un asunto grave, en un lío de narices. Pero Rajoy casi llegaba a pasar en algunos momentos por uno más. Hoy, cuando había bronca, el testigo podía llegar casi a pensar que se olvidaban de él, como una lámpara colocada en una esquina. O un florero, que nunca se enteró de nada. Pero lo que allí estaba colocado era el presidente del Gobierno, que seguramente de adorno se sentiría razonablemente bien, como suele decir, en la política como en la vida. Es decir, la escenografía preparada cumplió su cometido: no estuvo ante la ley como los demás ciudadanos, él estaba en un aparte.

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