No se la pierdan

By | Julio 29, 2017



En tiempos en los que lo mórbido cautiva y hay una especie de competición tácita en narrar la infancia de la manera más oscura posible, llega Carla Simón con una historia indiscutiblemente dramática y la cuenta de manera luminosa. Los padres de Carla habían muerto de sida antes del verano de 1993, año crucial para los tratamientos efectivos. Recién fallecida su madre, la niña es adoptada por unos tíos y trata de adaptarse a la nueva familia, contando también con que su prima pequeña se convierte en hermana. Carla (en la película, Frida), a sus seis años, comprende la muerte: sabe que se trata de algo irreversible y universal, pero no encuentra la manera de expresar el dolor y de pedir consuelo. Es algo habitual en los niños adoptados: su proceso de adaptación tiene idas y venidas que los nuevos padres observan con sentimientos encontrados, entre la buena voluntad y el desconcierto. Todo eso se cuenta de una manera tan natural que nos parece estar tras el ojo de la cerradura, observando a la criatura que ha de asumir la ausencia definitiva y a la segunda madre, que trata de hacerle entender que la aceptación de las normas y los límites es la manera de protegerla y de construir un vínculo amoroso entre ellas.

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