Un cementerio para morirse de risa

By | Agosto 13, 2017



Mentiría si dijese que Morille es hermoso. Como tantos otros pueblos del interior, apenas despega de un horizonte muy horizontal que, en agosto, es además pardo y casi desarbolado. Escondido o perdido, porque no está claro si los pueblos se esconden o se pierden en las ondulaciones del Campo Charro de Salamanca, Morille tiene todo el aspecto de ser uno de los innúmeros villorrios que, del Alentejo hasta casi el Mediterráneo, y de Sierra Morena hasta los Picos de Europa, se distribuyen como pecas en el mapa, sin pena ni gloria, sesteando en verano al ritmo que marcan las cigarras con sus patas. Ni catedrales, ni castillos, ni vistas infinitas. Y, sin embargo, algo raro pasa allí, algo que solo se percibe de cerca, como las rarezas que merecen la pena.

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